LA RABIA ME CORROE

Rabia, ganas de gritar al mundo entero y decirles de una manera u otra "si vosotros pasarais por lo mismo que pasan miles de personas en el mundo, entonces comprenderíais la gravedad de la situación."

Sí, así es. Sabía desde hace mucho tiempo que las personas que sufren algún tipo de límite, o como comúnmente se le reconoce "diferente" sufren en su día a día muchas situaciones dolorosas o incluso muy sufridas. Pero hasta este mismo instante, no había visto, y peor aún, aún no había sentido en primera persona cómo es la vida de estas personas. 

Me enamoré de un chico que tenía alas en su espalda, polvo de hadas en cada sonrisa y dos estrellas cada vez que me miraba. Este chico era luz, amor y alegría, pero la sociedad hizo que en él se clavara una espina que siempre le clavaría. 

Cuando le conocí, nada me supuso el hecho de que tuviera una discapacidad. Con el tiempo, conforme iba conociéndolo, me fui adentrando más y más en su discapacidad. A mi me parecía algo preciosa, no porque me gustara que alguien la tuviera, sino porque esa enfermedad le hacía ser él mismo, y su forma de ser (que también implicaba cosas de su enfermedad) me enamoraban parte a parte, detalle a detalle. Yo sabía que esto era difícil de entender para alguien que había estado repudiando su enfermedad y dándole problemas toda su vida, pero es que mis ojos no eran lo que habían tenido los demás, sino más bien los que deberían de haber tenido todo el mundo desde el día en que nació. 

Tiempo después, me fue contando cada una de las atrocidades, luchas y desalientos por los que había tenido que pasar. Burlas en clase, quedarse sin amigos, robarle objetos, cogerle manía por parte de sus profesores, echarle la culpa tanto profesores como compañeros, hacerle la zancadilla... Y si soy sincera, a cada cosa que iba descubriendo, el corazón se me iba llenando de rabia y tristeza, de lágrimas e impotencia. 

Pero mi verdadero estallido vino en el momento en el que me paré a hablar con su madre. Escuchar de la boca de una madre lo mal que lo ha pasado todos estos años, lo que ha tenido que luchar por su hijo, y el dolor que ha tenido que sufrir ella, junto a él... Me descolocó. Salí ese día con miles de preguntas sin sentido: ¿Cómo la gente podía haber sido tan mala? ¿Cómo nadie fue capaz de pensar que era una persona como cualquiera y merecía vivir en paz como el resto? ¿Merecía ser torturado sin tener culpa de haber nacido con algo que no podía evitar tener? ¿Nadie se estaba dando cuenta del daño psicológico que le estaban causando y que le iba a repercutir conforme fuera creciendo?

El estallido fue aún más evasivo, cuando después de eso, me di cuenta de que esa persona mágica y especial para mí, sufría a día de hoy todas las consecuencias que le había conllevado vivir eso. Tenía problemas, era inseguro en ciertas situaciones, desconfiaba de sí mismo, en algunas ocasiones le costaba tener una buena imagen de sí mismo, odiaba las repercusiones que tenía su enfermedad en el cuerpo... Y muchos otros sentimientos que yo veía en él debido al sufrimiento de tantos años. 

A mí lo que más me parte el alma es saber que tenga momentos en los que incluso llore y se frustre, en los que exteriorice y sienta por dentro ese sufrimiento. Y digo que es lo que más me parte el alma pero que a la vez me hace tener un sentimiento de rabia e impotencia por dentro porque yo me pregunto, ¿es que acaso alguien como yo que no tiene ningún tipo de limitación, o como la peluquera de enfrente de mi casa, por ejemplo, tiene ansiedad, ha sufrido depresión, se ha sentido culpable por tener algo que está dado por la naturaleza y no puede evitar, tiene dificultades de sueño, llora o se siente igual que él? La respuesta es obvia: no. Este sentimiento por desgracia y de una manera muy injusta sólo la sufren personas como él, por culpa de gente que pertenece a una sociedad egoísta y con un mal y una falta de empatía increíble. 

Yo, llegados a este punto, me sentiré rabiosa y enfurecida siempre, porque no es nada justo para estas personas, merecedoras de una vida en paz y a gusto, con las mismas oportunidades que el resto de personas que lo habitan. Y en mi caso, querida persona mágica y especial para mí, te aseguro que mi mano la vas a tener siempre, mis oídos y mi corazón. Porque todos necesitamos a alguien que nos apoye, pero también a alguien que sienta que no está sólo y abandonado en un mundo lleno de gente incrédula y sin sentido. Y más importante aún, que sienta que no es algo raro ni anormal, sino que es alguien como yo y como mi peluquera de enfrente de mi casa, alguien con la mismas oportunidades y derechos de vivir en paz, armonía, felicidad y llena de facilidades. 

Juro, que me tendrás, y juro que de mí saldrá la semilla del comienzo de mi lucha, por hacer que cada persona que tenga una limitación, ya sea niño o adulto, pueda vivir siempre con una sonrisa en la cara, y la tranquilidad de saber que tendrá las mismas facilidades que el resto de humanos. Por un mundo en el que la diversidad sea algo visibilizado y aceptado con naturalidad. 

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